Fuera de la Cancha Radio | Rahm: «Todo cambió tras el positivo, noté un apoyo que nunca tuve fuera de España»
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Rahm: «Todo cambió tras el positivo, noté un apoyo que nunca tuve fuera de España»

Rahm: «Todo cambió tras el positivo, noté un apoyo que nunca tuve fuera de España»

Es viernes en Scottsdale, Arizona. La mañana ha salido soleada en la guarida de Jon Rahm, que aún intenta asimilar su condición de ganador de Major, la primera criba para distinguir el linaje de los golfistas. El trofeo del US Open está en la sala de al lado donde se produce la charla, en la repisa de la chimenea de su casa, entre dos botellas de Imperial Athletic 1994, regalo del padre, Edorta, a Jon el día de su boda por el poderoso simbolismo familiar. «Eran de mi aitite [abuelo] y son de la cosecha del año que nací. Une sus pasiones: su familia, el Athletic y un buen Rioja», explica a través de una videoconferencia.

Jon está tranquilo. Piensa cada respuesta como si estuviese leyendo un putt en Torrey Pines. «No sé si esto lo he asimilado muy rápido o sigo en un delirio que no me doy ni cuenta. No sé en cuál de las dos estoy, pero me siento en una zona media donde hay momentos del día en los que me lo creo y otras veces, no«, dice con un sonrisa.

Ser ganador de un grande, ser el golfista más aclamado del momento, no le exime, sin embargo, de responsabilidades cuando los focos se apagan. Ganar el gran torneo de golf de Estados Unidos para el que este año se apuntaron más de 8.700 jugadores no le resta quehaceres cotidianos para ayudar a Kelley, su mujer, una antigua lanzadora de jabalina que conoció en el paraninfo. «Tener un hijo de dos meses es lo que tiene. Tienes que cambiar pañales, le tengo que bañar… Eso no cambia. Pero como paso mucho por delante del trofeo me entra la tentación, lo cojo, lo pongo delante y me dedico a contemplarlo. Sobre todo el primer día, llevaba a Kepa en un brazo y el trofeo en otro. Lo que sí digo es el orgullo que siento y lo contento que estoy», reconoce.

No sé si lo he asimilado muy rápido o es un delirio y no me doy cuenta

El Jon familiar es tan interesante como el golfista. Kepa ha cambiado su vida. Lo reconoció el domingo pasado en la nebulosa de la victoria. «Quiero ser un modelo para mi hijo». Jon, visceral a veces, canaliza ahora su energía de otra manera. Es un fantástico competidor -«antes competidor que golfista», suele decir desde que leyó la biografía de Rafa Nadal-, lo que no es incompatible con un campeón ahora sosegado, extraordinariamente cerebral con un remarcado perfil familiar que brota en cada momento. «Aita [y aquí aparece Edorta] siempre me dice que el trabajo hay que hacerlo en casa. Que una vez que llegas al torneo, ya está. Y Tiger era igual. Una vez que vas al torneo es para ver el campo y jugar. No estoy para ver qué puedo cambiar en el swing que me va a hacer mejor ese día».

Con Ángela, su madre, el contacto es permanente. No lo confiesa en la entrevista, pero sí se desliza que ella, matrona en el ambulatorio de Tres Cruces en Barakaldo, es una especie de Google al que recurrir en la etapa de descubrimiento de la paternidad. Minutos antes de esta entrevista ha intentado la clásica foto familiar con el niño dentro del trofeo. «Le pregunté a Ama [aparece su madre], ¿tú crees que entra? ¡Y no! Es tan grande que no entra. Me ha mirado el crío con una cara de ‘Aita, ¿qué estás haciendo? de cuidado», proclama con orgullo. El trofeo sólo mide 46 centímetros y con los pies hace tope. «Mira»… y muestra una foto de él con el crío en brazos dentro de la copa.

Edorta y Ángela volaron ya de regreso a Bilbao. Estuvieron presentes en el primero de los días supremos de su hijo. También en la celebración privada del martes en Silverleaf, un vídeo que se ha viralizado y en el que se ve a Jon darle un buen trago al trofeo y luego un golpe a una bola luminosa al ritmo de We are The Champions. «Fue una celebración con la familia y los amigos que estaban por aquí. A alguno no lo veía desde antes de la pandemia«, dice con pocas ganas de hablar sobre esto. Sigue siendo celoso de su vida privada. No lleva las redes en su teléfono. Se limita a lo que exigen los mínimos de los contratos.

Durante todos estos días, el golfista de Barrika ha intentado responder a todos los que le han mandado sus felicitaciones. «Lo que más me ha sorprendido es que me felicitase el Villarreal», dice partiéndose de risa. «Es que me acaba de llegar», añade mientras muestra a pantalla el email del club castellonense. «Han sido muchísimas. Es todo un honor. Desde grandes deportistas como Nadal, Sergio, Olazábal… hasta el rey emérito don Juan Carlos, que me llamó. Y también el lehendakari. La Casa Real. No me acuerdo de todos. A todos, gracias.»

Rahm aún conserva la espontaneidad de un joven de 26 años, a pesar de todo. Brota a cuentagotas. El metódico y reflexivo golfista, que escribe por las mañanas en un diario reflexiones profundas, da paso al chico que horas antes de jugarse un torneo de 2,1 millones de dólares, para pasar la mañana hasta que toque su turno, se distrae viendo una partida de Call of Duty que juega un equipo de Chicago con el que simpatiza. «Igual alguien se sorprende, pero es que fue así», dice.

Muchas veces paso por delante del trofeo, lo cojo y me dedico a contemplarlo

Las expectativas

Son reminiscencias en un tipo que ha tenido que convivir con la presión desde que era un rookie en la Universidad de Arizona State. Se pusieron sobre él grandes expectativas que hicieron que la etapa de aprendizaje se acortara. «Lo que más he sentido es alivio en ese sentido. Tener el primero, la verdad, es como quitarse un peso de encima. Es muy fácil que te pongan en la lista de mejor jugador que no ha ganado un grande. Sobre todo en el golf te ponen así [y hace un chasquido con los dedos con el pulgar y el índice] ahí. Rapidísimo. Estaba yo en esa lista después de mi primer año como profesional. Cuando tienes una ascensión rápida como fue mi caso, que en mi primer año era top 10, que he ganado 12 torneos por todo el mundo, asumen que vas a ganar grandes… Hay casos como Collin (Morikawa), Bryson (DeChambeau), Jordan Spieth que lo han hecho muy pronto. Y asumen que es lo normal».

«Simplemente podemos decir que, como ocurre en el tenis, todo está exagerado. Ahora el que no gane 15 grandes, la gente va a decir ¡bah! viendo lo logrado por Djokovic, Federer y Nadal… Estamos mal acostumbrados a ver lo bien que ha jugado la gente. Y luego, vale, está Koepka, que ha ganado cuatro en tres años, o Spieth, que ganó tres en tres años, pero eso es muy díficil de hacer».

Jon procesa cada frase. Desde que expresó un deseo -«Me gustaría ganar más grandes que los 18 de Nicklaus (2015)»- más propio del tamaño de su ambición que de una reflexión sesuda todo es más comedido. Un hecho lo evidencia: incluso da las gracias al periodista por ser portada de este diario justo después de su mastodóntica gesta. «Sé que he hecho historia en el golf español. O al menos lo igualé. Ser el primer español en ganar el US Open es tal honor… Que los tres que han ganado grandes [Seve, Olazábal y Sergio] no lo hayan conseguido lo hace único. Y eso es lo que me cuesta creer, asimilar. Imagino que poco a poco iré interiorizándolo».

El campeón no soñaba con el USOpen de joven. Él se veía ganando en Gran Bretaña, el British, cuando en Larrabea era una esponja al lado de Eduardo Celles, su primer entrenador. Una vez, éste le pidió que tirase 100 putts desde un metro de distancia como ejercicio. Rahm que es obstinado metió «450. Y porque me fui cansado. Cuando estás tanto tiempo haciendo el mismo ejercicio se hace un carril y es casi imposible fallar. Yo me di cuenta y entendí que esto ya no valía para nada».

Jon habla en plural porque considera que esto es un triunfo coral y no deja a nadie fuera del barco. «Hay mucha gente detrás que ha posibilitado que yo esté donde estoy». Puestos a enumerar seguramente pondría a toda su saga. Empezando por su abuela Miren, una devoradora de periódicos; sus padres; su hermano Eriz; Adam Hayes, el caddie jefe del sindicato, lo que le otorga una estrella más; Jeff Koski, su mánager; y una legión de tipos anónimos que han trabajado a su lado desde noviembre pasado, cuando Rahm abandonó Taylor Made para irse con Callaway, firma que tiene un gran campeón en Phil Mickelson, el intimo de Rahm, pero que ha tenido grandes damnificados también en los grandes circuitos. «Tras el Masters no lo hicimos público, pero pasé tres o cuatro días en la fábrica durante 10 horas. Lo primero que les dije fue: traedme todos los wedges [el palo que se usa alrededor del green principalmente] que tengáis. Y si no me trajeron 20 no probé ninguno. Hasta que di con uno que me gustó. Y luego con los putters igual. Y gracias a eso hemos dado con uno que me gusta. Y eso con el resto de los palos. Las horas que hemos metido en San Diego para trabajar con ellos e ir mejorando poco a poco, han sido… Muchas horas y muchos dolores de cabeza».

No sé cuánto dolor de cabeza le di a la gente de Callaway, pero mogollón

«Incluso en el PGA Championship. Ellos tenían unas estadísticas y ahí estuve yo hablando con ellos para ver qué podía mejorar, cambiar. Mucho tiempo ahí metido e invertido. Ellos pusieron la fe en mí y con su ayuda y el trabajo hemos logrado algo muy grande. No sé cuánto dolor de cabeza les di, pero mogollón, seguro. Mi fichaje por Callaway fue porque vi opciones de mejora y añadir golpes a mi repertorio, y es por lo que lo hice. Sabía que con los hierros, cuanto más cerca de green, iba a poder mejorar. Con la nueva bola tengo más variedad», añade.

El entrenamiento invisible

La lista se puede ampliar a Joseba del Carmen, el head coach que canaliza su energía; Tim Mickelson, su entrenador en Arizona State y el último que pulió el diamante; y Phil, su hermano, la zurda más famosa de la historia del golf. «Es una persona muy especial para mí, para mi hermano, que fue su entrenador, y tiene un gran crío y una gran familia. Fue un momento muy especial estar a su lado el domingo pasado», dice Mickelson a este periódico, a través de una gestión del PGA Tour.

Ese momento fue verdaderamente angustioso para el de Barrika. «Yo siempre había soñado con ganar el British, y más en St. Andrews, porque es la casa del golf, pero como de año y medio para acá me seducía la posibilidad de ganar los torneos que no habían ganado los otros españoles. Ganar el torneo más difícil por las condiciones es algo increíble en ese sentido», reconoce.

Es significativo cómo el público estadounidense lo ha elevado a los altares hasta hacerlo como uno suyo. Él luce a gala la bilbainidad, el Athletic, por encima de todo, y lo español, pero su vida es ahora casi permanente en Arizona. «Todo cambió tras el Memorial. Todos respetan cuando uno está jugando bien y poniendo un título en juego, como estaba haciéndolo yo, y todos sintieron la decepción de lo que pasó. Cuando llegué al US Open tuve un apoyo como nunca encontré fuera de España. Todos querían verme ganar y rematar la historia por lo que me pasó y dos semanas más tarde ser el ganador del US Open. A todos nos gustan esas historias. El domingo fue algo espectacular. No me lo esperaba y ayudó muchísimo».

La descalificación en el Memorial por dar positivo, asintomático, por Covid-19 y la remontada fueron la pieza troncal de las crónicas de todas las grandes cabeceras, incluída The New York Times.

Rahm se llevó ese torneo por trabajo. El relatado y el que no se ve. Aprendió viendo la edición de 2008 que el putt de Lee Westwood, que se quedó fuera del playoff entre Rocco Mediate y Tiger Woods, rompía al final por la izquierda. Ylo evitó. «Me gusta ver repeticiones. El campo de distancia era más o menos lo mismo que en la anterior edición. Además de que me gusta ver golf en general, lo vi para aprender cosas del campo. Me gusta verlo cuando estoy en casa«.

En el golf es muy fácil que te pongan en la lista de mejor jugador sin un grande

El conocimiento fue fabuloso para meter dos putts imposibles, cuesta abajo, desde más de 6 metros, con el green inclinado como una rambla tras una mala sobremesa. «Son golpes ésos que no los puedes entrenar, pero tener la rutina y mantenerla, ayuda. Tiré esos dos putts como los tiraba el niño de 13 años en Larrabea que soñaba con ganar un grande. Y entraron«.

El momento más tenso

Tras ese memorable final -«que he visto menos que el eagle con el que gané el Farmers en 2017, pero bastante», apunta-, a Jon le tocó vivir con incertidumbre unos 40 minutos hasta que Louis Oosthuizen quemó sus posibilidades. «Es una ansiedad y un estrés de la leche. No podía hacer nada. Salvo ver qué hacía Louis. Lo pasas mal, directamente. No es nada cómodo. Es duro. No suele pasar en otros deportes, que termines y tengas que esperar. Por eso voy al baño, fuera de la casa club, a las oficinas de la USGA y, cuando llegó la hora, me fui al campo de prácticas para estar preparado mentalmente por si había un playoff. Por eso después de celebrar todavía estaba en modo competición con la guardia alta«.

«Lo de birdie-birdie para acabar no sabía que sólo lo habían hecho Tom Watson, Ben Hogan y Jack Nicklaus. Sabía lo de Watson en Pebble Beach, pero tenía un golpe de ventaja. Que su birdie en el 17 fue la leche. Y ahí con Hogan, pues me pillas porque ganó cuatro, aunque según le preguntes, para algunos cinco. Pero mira qué tres nombres, tres que están en la historia para siempre». Relato que, aún por escribir, también incluye ya el nombre de Jon Rahm, el nuevo Capitán América.

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